De mafias, corruptos y esperanzas… está al parecer conformada nuestra realidad política

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Por Arturo Alejandro Muñoz
Columnista Granvalparaiso.cl

Y cuando la curiosa Pandora abrió el mítico recipiente, de él escaparon las virtudes, pero también lo hicieron todos los males que hoy conoce el mundo, quedando en aquella caja sólo un oculto bien: la Esperanza.

¿Cuántas veces la humanidad abrió esa misteriosa caja? En Chile, al menos, en múltiples ocasiones destapamos el recipiente que contenía lo bueno y lo malo de un sistema llamado ‘democracia’, dejando huir -por irresponsabilidad nuestra- las virtudes que tal sistema poseía, permitiendo el predominio de los males convertidos en poderes de un Estado cuyas bases experimentaban con rapidez los síntomas de la podredumbre. Al igual que sucedió a Pandora, en este caso, dentro de aquel arcón, también ha permanecido incólume el mismo solitario bien, la esperanza.

“Hay que jubilar a la vieja mafia”, plantea nuestro conocido Manuel “Maño” Riesco, refiriéndose a los Lagos, Allende, Insulza, Piñera, Zaldívar y demás. Muy de acuerdo. Jubilemos a la vieja mafia, pero… ¿esto significará dar paso franco a la “nueva mafia”? ¿Existe ella?

La última pregunta tiene validez, pues si bien las viejas mafias son las que aún administran el timón de sus respectivas tiendas partidistas, sabemos que son también quienes determinan los nombres de los nuevos destinados a subir uno o más peldaños en la pirámide política. En palabras sucintas, son las que autorizan el ingreso de sus ‘cachorros’ (protegidos) a la cueva de Ali-Babá, donde mora el añoso ‘familisterio’ que se adueñó del quehacer público chileno.

¿Qué ello no constituye novedad ya que siempre ha ocurrido así en la Historia de Chile? Es cierto, siempre ha sucedido de tal laya, pero en estos últimos veintiséis años la situación se exacerbó dramáticamente, cuestión que empeora a ojos vista si se considera que la mayoría de los “cachorros” amparados por la arrugada cofradía de la vieja mafia no cuentan con capacidades ni conocimientos para ejercer roles de significación e importancia nacional.

Nunca, a lo largo del desarrollo histórico de la actividad política, nuestro país había tenido que ceder banderas y cargos a personas de tan baja calidad académica, política y humana. Nunca… hasta ahora, en este postrer cuarto de siglo, donde una sociedad (más comercial que política), bautizada por la suspicacia popular con el mote de “duopolio”, se enquistó mañosamente en los poderes del estado mediante engaños, corruptelas y traiciones.

Estos conocidos grupos han logrado que la sociedad civil acepte como “asuntos de habitual quehacer político” ciertos ilícitos de envergadura cometidos por los perennes gerentes del duopolio, tal cual es evadir el pago de impuestos en el propio país, pero sin dejar de pontificar respecto de la “honradez y honestidad” que deben tener los contribuyentes (es decir, el resto de la población) en esas mismas materias. O también el uso y abuso de información privilegiada que les ha permitido enriquecerse hasta el hartazgo a costa del esfuerzo, sudor y pusilanimidad del electorado.

Para las viejas mafias suenan ya trompetas de despedida. El tiempo no perdona. Sin embargo, la teta fiscal no debe –según ellas- quedar a libre disposición de novatos que no forman parte del corral. Para evitar lo mencionado, nominan a sus cachorros. La fiesta debe continuar, pero el show jamás puede dejarse en brazos de chilenos ajenos a los malabares del boliche duopólico, por muy honestos, capaces y trabajadores que estos sean. Primero, la familia, después, el diluvio. Y lo cumplen.

Cuando el público grita exigiendo “rostros nuevos”, la mafia mira hacia su gallinero, echa mano a sus protegidos, a sus polluelos… los muestra, y con ello aquieta aguas. El público, a la vez, queda tranquilo creyendo que sus reclamos y manifestaciones han causado efecto por fin. De ese modo, la rueda de la fortuna sigue girando… hacia el mismo lado y con los mismos premios para las mismas familias de siempre. Todos felices. El gatopardismo al galope, sin contendores, alcanza la meta una vez más.

Hoy, las cofradías políticas apuestan con severa certeza sus fichas a la “democrática y soberana” decisión del pueblo en la elección de autoridades. Lo hacen porque ya efectuaron una de las movidas más exitosas del último tiempo: el voto voluntario. Este es el que asegura continuidad a los vejetes que administran a su amaño las dos principales coaliciones existentes en el país. Ricardo Lagos, una especie de “faraón” en tales asuntos, lo ha demostrado sin necesidad de explicar en detalle lo concerniente a ellos.

“La gente no cree en las encuestas”, manifestó hace algunos días cuando la prensa le inquirió opinión respecto de su notoria baja en la consideración del público elector. “Las únicas encuestas válidas son aquellas llamadas comicios electorales”. Le sobra razón en ese comentario que deja abierta la puerta a la esperanza del respetable… como si Pandora aún estuviera frente al recipiente mítico. ¿Esperanza, cuál esperanza?

Para los Lagos, los Piñera y otros miembros del duopolio, la frase del momento es la que pronunció el general romano Julio César una vez que se le informó que él y sus legiones habían cruzado el río Rubicon: “alea jacta est”, la suerte está echada. El triunfo es seguro. Aunque este “rubicon” (el voto voluntario) no es una ilegalidad, como la que César sabía que estaba cometiendo, pues nuestros ‘honorables’ ya legislaron para convertirla en algo lícito que, además –oh sorpresa- respondía a las impetraciones de la mayoría ciudadana.

¿Qué sólo el 40% (o menos) del electorado concurre a las urnas? Perfecto. Más que miel sobre hojuelas, pues ello significa que el 60% restante corresponde –mayoritariamente- a quienes despotrican y ningunean a la casta política, a quienes gimen en voz alta impetrando “caras nuevas”… pero, oh suerte bendita, ¡¡no van a votar!!, lo cual deja en manos de los miembros y simpatizantes activos de esas cofradías (que sí acuden a sufragar disciplinadamente) las elecciones de autoridades.

Y con esa realidad, los mismos de siempre –junto a sus ‘cachorros’- continúan ad eternum sentados bajo la ubre estatal. El ausentismo protocoliza la corrupción, el amiguismo y la capacidad de bolicheo que caracteriza a la mayoría de nuestros dirigentes políticos y parlamentarios. Lagos, ‘el faraón’, no está equivocado… además, no sería de extrañar que, a pesar de su pésima recepción pública mostrada por las encuestas, el año 2017 dé la sorpresa y resulte electo Presidente de la nación gracias a ese 40% de electores que sí acuden a las urnas.

Repitamos la pregunta. ¿Esperanza, cuál esperanza? Parece que en estos asuntos políticos, una vez más, alea jacta est.

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