El extraño caso del suicidio que jamás ocurrió

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He aquí la historia de Ronald Opus y el alcance que ha tenido en la cultura popular gracias a la era de Internet.

La mayor parte de las defunciones de seres humanos no entrañan ningún misterio; sus pormenores son muy sencillos y están bien claros para cualquier persona que no se deje llevar por fantasías irracionales. Pero hay algunas cuyas circunstancias distan mucho de resultar evidentes tras un somero análisis, traen de cabeza a los detectives que las investigan y luego, con su resolución, da un gusto morboso contarlas y el mismo gusto que nos las cuenten. Por eso la literatura y el cine sobre asesinatos, aquellos que los perpetran y sus investigadores nunca pasan de moda, y todos conocemos a Norman Bates, Hannibal Lecter o Dexter Morgan y a Sherlock Holmes, Hercule Poirot o Jessica Fletcher, y a algunos asesinos y detectives más como ellos.
La muerte de Ronald Opus es tan curiosa que Paul Thomas Anderson decidió empezar con ella su película Magnolia en 1999

El caso de la muerte de Ronald Opus es especialmente curioso; tanto que Paul Thomas Anderson decidió llevarlo a la gran pantalla en el inicio de la espléndida Magnolia (1999), adaptándolo y cambiándole el nombre al fallecido por el de Sydney Barringer. En marzo de 1994, un médico forense concluyó que Opus había muerto de un tiro de escopeta en la cabeza tras examinar el cadáver pero, según las pesquisas realizadas, este había intentado suicidarse saltando desde la azotea de un edificio de diez pisos y había caído en la red de seguridad que unos limpiadores de ventanas habían dispuesto, de cuya presencia no se había percatado el suicida. Y es que, a la altura del noveno, alguien había disparado mientras caía a través de una de esas ventanas, ahora hecha añicos, acabando con su vida en el acto.

ronald opus

'Magnolia' – New Line Cinema

Así, aunque el propósito de Opus se había cumplido de manera indirecta, al forense no le quedó más remedio que dictaminar de entrada que se había tratado de un homicidio, sobre todo teniendo en cuenta que el difunto no se encontraría sobre su mesa de la morgue gracias a la red de seguridad de no ser por el escopetazo salido del noveno. La vivienda desde cuya ventana se había disparado sobre el malogrado suicida la habitaba una pareja de ancianos que había tenido una trifulca marital: él la estaba amenazando con la escopeta, con tal irritación y descontrol que no sostenía el arma en línea recta y, cuando apretó el gatillo, los perdigones atravesaron la ventana y la cabeza de Opus.
Lo de Ronald Opus fue un suicidio en toda regla aunque, desde luego, poco común y pleno en su fascinante ironía trágica

Pero hete aquí que los dos ancianos aseguraban de forma tajante que no sabían que la escopeta estuviese cargada porque la mantenían sin cartuchos, y que el marido solía amenazar a su mujer con ella sin ninguna intención de mandarla al otro barrio. De modo que la muerte del suicida parecía que no era un asesinato premeditado sino accidental. Y es lo que la policía habría acabado creyendo si no fuese porque un testigo afirmó que, seis semanas antes, había contemplado cómo el hijo de la pareja metía los cartuchos correspondientes en la escopeta, y tras saber que su madre le había cerrado el grifo de dinero y que él conocía la manera en que su padre la amenazaba en sus discusiones, se determinó de que el hijo pretendía aprovecharla para matar a su madre por ello, convirtiéndose, sin embargo, en el asesino de Opus.

Y esta historia hubiese acabado siendo sólo un tanto retorcida, y no muchísimo, si no fuese porque el vástago de la anciana pareja e intento de parricida era el propio Ronald Opus, que presumiblemente se había lanzado al vacío desde la azotea por los oscuros sentimientos que le había ocasionado el fracaso de su plan criminal durante aquellas seis semanas, siendo en seguida víctima de sí mismo. Razón por la que el forense catalogó el caso como un suicidio en toda regla; poco común, faltaría más, pero un suicidio de todas formas, pleno en su fascinante ironía trágica.

ronald opus

Don Harper Mills – ForestLawn.Tributes.com

Pero Paul Thomas Anderson no es el único que optó por utilizarlo en su película. Se lo menciona en un episodio de Law and Order (Dick Wolf, 1990-2010) y constituye la trama central de un capítulo de Homicide: Life on the Street (Paul Attanasio, 1993-1999), otro de Murder Call (Hal McElroy, 1997-1999) y uno más de CSI: Miami (Ann Donahue, Carol Mendelsohn y Anthony E. Zuiker, 2002-2012), adaptándolo como en el videojuego Hitman: Blood Money (Rasmus Højengaard, 2006). Además, la banda británica de rock indie Silvery compuso el tema “The Ronald Opus” para su álbum Etiquette (2013), y el hiphopero AllOne hizo lo propio con “The Case of Sydney Barringer” (2014), según el filme de Anderson.
Esta ilustrativa anécdota se ha ganado un puesto distinguido en la cultura popular y entre las mejores milongas de esta era de la comunicación globalizada

Lástima para los más morbosos que tanta fascinación, en realidad, sea fruto del ingenio del doctor Don Harper Mills, fallecido en 2013, que fue presidente del Colegio Americano de Medicina Legal y de la Academia Americana de Ciencias Forenses. Él mismo lo contó en una entrevista de marzo de 1997 para el Sunday Telegraph: “Inventé la historia en 1987 para presentarla en la reunión [de la AACF], por entretenimiento y para ilustrar cómo, si alteras algunos hechos pequeños, alteras en gran medida las consecuencias jurídicas. En 1994, alguien lo copió en Internet. Me dijeron que ya había conseguido 200.000 consultas en la red. En los últimos dos años he tenido alrededor de 400 llamadas telefónicas sobre ello, de bibliotecarios, periodistas, estudiantes de Derecho, incluso profesores de Derecho que querían incluirlo en libros de texto”.

Es decir, la entretenida historia criminal que fue ideada por un respetado médico forense a modo de ejemplo se transformó con los años en una leyenda urbana y se propagó como tal por la red. Además, según los expertos en rumores inteneteros de Snopes, partir de 1998 comenzaron a surgir páginas que se la atribuían a un tal Kurt Westervelt, de Associated Press. El tal Westervelt, por supuesto, es tan inexistente como el propio Ronald Opus, cuya ilustrativa anécdota se ha ganado un puesto distinguido en la cultura popular y entre las mejores milongas de esta era de la comunicación globalizada.

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