El Sargento Pimienta siempre estuvo conmigo

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El Sargento Pimienta siempre estuvo conmigo

Por invitad@ | 01-06-17 | Texto por : [x]

Creo que nací conociendo a The Beatles. Soy de la idea de que todas las personas -desde 1965 en adelante- nacen sabiendo quiénes son The Beatles. Las melodías, imágenes, canciones, películas, frases, están impregnadas en el ambiente. Es como si fuera el clima y sus canciones lo dicen: despiertas en la mañana y ‘Good Day Sunshine’, por ejemplo.

Tengo en mi inconsciente, desde bien niño, ‘Can’t Buy Me Love’, ‘Help!’, ‘If I Fell’ y muchas otras, pero mi epifanía con ellos llegó a los 13, 14 años. Había un programa en la radio que daban los domingos en la mañana. Su nombre se esfumó hace tiempo aunque su programación sobrevive en aquellos cassettes guardados. Todo era sobre The Beatles. Ahí conocí un montón de canciones y lo más notable es que también las interpretaban ellos en guitarra. De ahí llegó otra pasión: quise una guitarra y tocar esas piezas musicales. Un nombre lleno de misterio era el del “Sgt. Pepper’s…”. En mi caso, porque nunca había escuchado algunas de sus canciones en la radio. Pero lo mencionaban una y otra vez, alimentando mis ganas de saber de qué se trataba todo.

Como buen iniciado, los primeros discos que tenía de los Beatles fueron “A Hard Day’s Night”, un compilado y “Beatles for Sale”. También pasó por mis manos el “Past Masters I”, pero nada de aquel bendito disco de 1967, sindicado como un punto de inflexión, algo de otro planeta (es lo que leía en cancioneros y libros de historia que compraba del grupo, en calle San Diego). Algo que mis oídos necesitaban -ya a esa altura- conocer. Hasta que el día llegó.

Primero, la sorpresa de un reencuentro con algo ya visto. Esa portada estaba incrustada en mi mente, de toda la vida, como “Inception”. Hasta hoy nunca he podido explicarlo. Luego, al presionar play suena algo que no parecen The Beatles. Con 13-14 años, no ponderaba mucho la música según la evolución de cada artista o el cambio en su sonoridad. Todo se trataba de las emociones y de lo que la melodía podía articular en mí, algo que he luchado por mantener hasta hoy. Esto era distinto: ni acústico como ‘Girl’ ni simple como ‘Love Me Do’. Escuchar ese sonido como de un concierto, con voces de personas y ese riff casi asesino y la voz de McCartney llena de energía. Quedé pasmado.

Ese álbum era una caja llena de revelaciones, porque reconocí que el mentado “Sargento Pimienta” siempre estuvo conmigo. No había motivos, pero lo sabía. ‘Getting Better’ era la canción que sonaba cuando niño en una publicidad de Phillips, el coro de ‘Lucy in the Sky With Diamonds’ la cantaba mi mamá, mucho tiempo antes. Sin dominar inglés, intuí en ‘She’s Leaving Home’ una desolación total (estaba en plena adolescencia, época en que canciones como esa se llevaron muy bien con mi entonces apesadumbrado espíritu). ‘Being for the Benefit of Mr. Kite!’ era un carrusel inhóspito. Quedé shockeado con ‘WIthin You WIthout You’ porque la voz de George adquirió otra dimensión y ese sonido extraño de guitarra era como un pacto con el diablo -ahí desconocía la existencia de algo llamado sitar- y muy sugerente. Viví la misma sensación cuando me encontré cara a cara con ‘Dazed and Confused’. Melodía de dioses.

The Beatles fue mi primera banda favorita en serio: En el colegio dibujé una pequeña historieta basada en ‘Eleanor Rigby’. Recortaba todo lo que salía en los diarios de ellos. Me hacía de cada revista con sus rostros en la portada. Tenía un poster de ellos y Lennon en mi pieza -John es mi favorito, pero sería un demente si no reconozco en Paul al más capo de los cuatro-. En todas esas publicaciones veía la misma reverencia hacia ‘A Day in the Life’. Que era oscura, ácida, lisérgica -en ese tiempo, ni idea qué significaba dicho término-, ambiciosa, juguetona y un largo etcétera. Sabía que estaba al final, así que esperé.

Fue un viaje total. Sin haber probado droga alguna, me sentí totalmente en otro mundo. Fui feliz, triste, eufórico y taciturno. Me entusiasmé, me desesperé con ese in crescendo de la orquesta porque era una incertidumbre total, no terminaba nunca, como esas imágenes de M. C. Escher. La voz de John y su eco me elevó al cielo, mientras que el segmento de Paul me aterrizó en seco, dejándome desorientado. Y ese final abrupto. Luego, el silbato para perros y esas risas, en mis oídos, macabras. No sabía nada de música pero no tenía duda alguna: Esos más de cinco minutos no eran de este mundo. Era lo más genial que había escuchado en mi vida. Todavía lo siento. Para mí, el mundo se detiene.

Años después he conocido mucha información sobre el disco, algunas peripecias de la grabación, las técnicas, las innovaciones, los invitados, todo lo que significó en la música. Pero en dicho momento, sentado en mi cama, presionando “stop”, nunca lo anticipé. Y no me importaba tampoco. “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” expele una magia intrigante, como una herencia ancestral. Estoy consciente de aquella primera escucha pero a mí no me engaña: Desde el primer momento sentí ese álbum como parte de mi ADN. Siempre estuvo ahí. El Sargento Pimienta me ha acompañado desde siempre. Y hoy cumple 50 años.

Etiquetas : Sgt. Pepper’s , the beatles Deja tu comentario

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