María Asunción Lavín, hija de Joaquin Lavin nos cuenta sobre la Diabetes tipo 1

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Ha vivido desde los 8 años con diabetes, y si bien ha pasado momentos complicados, ya se acostumbró a enfrentar responsablemente las molestias que implica esta delicada enfermedad. Este es su testimonio

Apesar de que la cuarta hija del candidato de la UDI, Asunción Lavín León (24), es hoy por hoy la sombra de su padre y la que lo acompaña a todos lados sacando las famosas Polaroids, a ella no le gusta figurar. Esta mujer sencilla y transparente prefiere estar detrás de la palestra y mantener lo más resguardada posible su vida privada. Pero accedió a dar esta entrevista sólo para contar cómo ha sido vivir desde los 8 años con diabetes y las complicaciones que ésta puede tener si no se la toma en serio. Su motivación fundamental es transmitir tres mensajes: que los diabéticos sean cuidadosos en sus tratamientos, que los padres de niños con esta enfermedad no cometan el error de confiar en que sus hijos se cuidan responsablemente y que los médicos expliquen de mejor manera las consecuencias que puede tener un manejo equivocado del tratamiento.

Han sido los 16 años de pinchazos, hospitalizaciones y abstinencias los que hoy le permiten hablar con soltura del tema. “Ahora tengo todo bajo control, pero hay que ser muy estricto en los cuidados”, subraya. Su cartera, en la que lleva dos frascos de insulina, varias jeringas y un test para medir el nivel de glicemia, es una prueba fehaciente de ello. Esté dónde esté, tres veces al día debe inyectarse y cuatro veces al año se realiza exámenes más específicos. “Ya acepté que la diabetes es parte de mi vida. No me imagino cómo sería sin ella”, dice.

Todo empezó a sus 8 años de edad. En medio de las vacaciones de invierno y cuando su padre se preparaba para lanzar su campaña a diputado, Asunción empezó a sentirse decaída y sin fuerza. Le hicieron algunos exámenes y como los resultados de éstos salieron bien, sus padres se relajaron. Ella, sin embargo, siguió bajando de peso. Llegó un momento en que no podía subir la escalera de su casa si no se afirmaba a la pared. Pero la alarma definitiva se encendió el día en que Estela León invitó a su hija a un paseo y Asunción no quiso ir. “Mamá, me siento demasiado mal”, le dijo. A las pocas horas, un médico le diagnosticaba un simple resfrío que esa noche se convertiría en vómitos con sangre, ya que se le había perforado el esófago. A toda velocidad, Estela León y Joaquín Lavín llevaron a su pequeña hija a la clínica. No alcanzó a entrar a ésta, cuando cayó en coma: tenía 900 de glicemia. Lo normal no debe superar los 120.

Así permaneció cuatro interminables días –que incluyeron la extremaunción– hasta que despertó llena de sondas y cables ante unos acongojados padres y un médico que a través de un libro infantil intentaba explicarle la noticia que le cambiaría la vida. “Mis papás estaban muy mal”, recuerda. Y ella se puso mucho peor cuando supo que tendría que pincharse de por vida. “Se me vino el mundo encima”, resume. En la clínica, Joaquín Lavín y su mujer debieron aprender a poner inyecciones, ensayando con una naranja.
De regreso en su casa, Asunción y todos sus hermanos asumieron a regañadientes que tendrían que olvidarse de los postres y los dulces. “Me controlaban todo, era esclavizante”, recuerda. En un principio fue una enfermera la que acudía a su casa a diario para inyectarle la insulina, pero un tiempo después sus padres la mandaron a un campamento de verano para niños diabéticos donde le enseñaron a hacerse responsable de su tratamiento.

“Todos me decían que yo había crecido tanto con esto, pero la verdad es que no lo había asumido. En el fondo dejaron la diabetes en mis manos y yo tenía sólo 9 años”, explica. “Me sentí con todo el poder y empecé a dejar la embarrada. Igual comía de todo y, para balancearlo, me inyectaba un poco más de insulina. Pero lo más grave es que entendí cómo funcionaba el sistema y alteraba los exámenes, engañaba a la máquina. Cada tres meses debía hacerme un test general y los resultados eran pésimos. Obvio, si yo hacía y deshacía. Había días en que directamente no me inyectaba y lógicamente me sentía mal. De esto mis papás nunca se enteraron, sólo veían que mis exámenes salían horribles y no entendían por qué. A esa edad no le había tomado el peso a las consecuencias que podrían derivar de mi mal manejo, como problemas graves a los riñones o a la vista”.

El peligroso comportamiento de Asunción la obligó a permanecer por varios períodos en la clínica. Quinto básico fue la piedra de tope: estuvo internada en nueve oportunidades y debió repetir de curso.

–¿Le mentías a los doctores?
–Ellos no sabían que yo no cumplía con las reglas y pensaban que la mía era una diabetes muy complicada.

–¿Durante cuánto tiempo mantuviste ese engaño?
–Como dos años. No había asumido mi enfermedad. Nunca nadie me explicó qué me podía pasar. Pero ahora que lo pienso, creo que tal vez yo intentaba llamar la atención, porque cada vez que caía hospitalizada, era como decirles: “Acuérdense que soy diabética, ustedes me dejaron esto a mí solita y ahora háganse cargo de todo”.

Dos años más tarde, un acongojado Lavín y su mujer partieron a Boston. Querían buscar nuevas opiniones médicas. Poco les costó a los especialistas americanos darse cuenta de que lo que esa niña de 12 años tenía no era tan complejo, sino que la causa radicaba en un mal manejo de su tratamiento y que ella no tenía la edad suficiente para hacerse cargo sola.

–¿Sentiste culpa?
–Yo me creía un poco el cuento de mi diabetes complicada. No veía la maldad en engañar a la máquina. Lo que yo quería era hacer una vida normal.

Al volver de Estados Unidos, todo cambió. Joaquín Lavín no permitiría una trampa más y por eso, durante dos años, decidió tomar un rol más activo en el tema. Así, se levantaba todos los días al alba para hacerle el test de glicemia y preparar la inyección de insulina que su mujer Estela debía colocarle.

En la adolescencia, Asunción comprendió definitivamente que tendría que hacerse cargo de su problema. “No me podía acostar tarde, porque eso te descompensa y estar así es horrible, uno ve nublado, andas cansado… Pero cuando me empecé a controlar, descubrí que no era tan complicado y que uno podía vivir súper normal llevándolo bien”, recuerda.

–¿Tienes aprensiones respecto a la maternidad?
–Ese es un tema que me preocupa. Si uno no tiene un buen control y se embaraza, la guagua puede nacer con problemas, pero confío en que podré ser mamá.

“Debo ser responsable”

Después de vivir cuatro años en Concepción –idea que a los padres de ella no les gustó demasiado (ver recuadro)–, la hija de Lavín decidió volver a Santiago este año, para ayudar a su padre en la campaña, y congeló su carrera como educadora diferencial. Ahora sabe que debe tomarse las cosas con calma, ya que el estrés que provoca una contienda electoral podría descompensarla. De hecho, a veces –cuando sube a un escenario en un acto público– se marea o tirita más de la cuenta. Pero, para evitar complicaciones, ella calcula qué actividades tendrá y en función de ello cambia las dosis de su tratamiento o come más. “Lo hago para no pasar un papelón, como sería desmayarme. También debo controlar el tema de los horarios de la insulina, porque a veces estoy sacando las Polaroids y me doy cuenta de que tengo que parar un minuto para comer algo, si no, podría darme una hipoglicemia”, explica.

–¿No es peligroso para tu salud involucrarte tanto en la campaña?
–No, pero debo ser muy responsable. Mi papá quería que nosotros no nos involucráramos, pero igual decidimos hacerlo. Yo puedo manejar esto, pero tengo que estar el doble de atenta y anticiparme a todo.

–¿Te pusieron alguna objeción tus padres para que asumieras este trabajo?
–No, eso ya no es tema, porque me ven bien.

Verónica Foxley
Fotos: Gonzalo Romero

“Me fui a Concepción porque tenía que escapar”

Después de la elección presidencial de 1999, Asunción sintió que tenía que dar vuelta la página y partió a vivir a Concepción. Urgentemente necesitaba cambiar de ambiente, ya que la presión de la campaña y la derrota de su padre le habían generado una depresión muy fuerte. “Lo mío tenía mucho de hormonal ya que, luego de seis meses de tanta adrenalina con la campaña, al parar se te produce una descompensación gigante. Y a mí todo me afectaba el doble y los médicos no me podían controlar la diabetes. Para mí, la reinserción con mis amigos y en mis estudios fue muy difícil. Además, la gente me reconocía en la calle y me recordaba como la niña que había llorado en la tele el día de las elecciones. Tenía que escapar de eso”.
–¿Tenías algún contacto en Concepción?
–Algunos tíos y primos. La otra alternativa era partir a Viña, pero por el tema de la diabetes mi mamá no quería que me fuera a algún lugar donde no tuviera a alguien a quien recurrir en alguna emergencia. Mis papás no querían que me fuera, ya que ellos siempre han sido muy aprensivos conmigo y justo en esa época mi hermano Joaquín partía a España.
–¿En Concepción la gente te reconocía?
–Mucho menos, aunque incluso algunos profesores me decían que les sonaba mi cara. Muchos pensaban que era alcance de nombre, pero en definitiva vivía mucho más tranquila que en Santiago.
–Pero tú preferías que no se supiera que eras hija de Joaquín Lavín.
–Claro, además yo sufro si a él lo atacan, lo paso muy mal. La siquiatra que me atendía descubrió que el foco de mi estrés era mi papá. Por eso tenía que irme de la casa, hasta que pasara todo esto y mi papá dejara de estar en el ojo del huracán, que era algo que yo no podía manejar.
–¿En qué momento empezaste a recuperarte?
–Los tres primeros meses en Concepción lo pasé pésimo, pero tenía que bancarme todo, porque había hinchado tanto para irme, que me tenía que hacer cargo de mi decisión. Mi papá fue súper duro y me dijo: “Te vas y te vas”. Era la primera vez que yo lo veía tan firme. Supuestamente yo iba a volver a Santiago a los seis meses, pero al terminar el semestre, hablé con mis papás y les dije que no me quería venir y que recién estaba agarrando vuelo… Finalmente, dejaron que me quedara hasta fines de año. Y ahí mis exámenes médicos empezaron a mejorar.
–¿Necesitabas cortar el cordón umbilical con tu familia?
–Fue un poco de todo. Cuando vives una campaña en que te identifican tanto con tu papá, te empiezas a confundir. Yo tenía sólo 18 años, estaba saliendo del colegio y necesitaba buscar un poco mi identidad, aparte de ser la hija de Lavín. Sentía que necesitaba crecer un poco.
–¿Fue muy difícil para tus padres tenerte lejos?
–No, me soltaron no más.
–Tus bajones durante los primeros tres meses, ¿se los contabas a ellos?
–No, me hacía la loca. Les decía: “Estoy bien, súper bien”. Y no viajaba a Santiago, porque si venía, me iba a querer quedar acá. Lo bueno es que en Concepción hay mucha gente de afuera, que está en la misma parada que uno y te apoya mucho. Ahí me empecé a hacer cargo yo, de verdad, de mi enfermedad. Antes mi mamá siempre estaba encima mío.
–Eres muy cercana a tu padre y te gusta mucho la política…
–Sí, me gusta el tema y por ese lado enganchamos. Le comento de todo y soy muy directa con él. Por lo general, él recibe muy bien las críticas y me hace caso. En el momento no dice nada, pero después te das cuenta, al verlo actuar.
–Ibas a postular a concejala por Concepción. ¿Qué pasó con eso?
–Es que finalmente mi mamá fue la candidata y tener dos candidatos en la familia era demasiado estrés. Me complica el cuento de los partidos políticos, pero me encanta el servicio público, estar metida en las poblaciones, conversar con la gente y ayudar en lo que se pueda.

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