Obra “Travesía”: Una reflexión sobre la muerte

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La idea de reproducir un ambiente ritual en el teatro, cobró fuerza a principios del siglo XX -vanguardias mediante- y ha transitado por diferentes estados y procesos, en un itinerario diverso, tan diverso que ha pasado por el teatro performativo, el intento de la reconstrucción histórica de la tragedia e, incluso, en algunos casos, el teatro callejero. Nunca ha dejado de llamarme la atención este intento, en la medida que la propia tragedia griega que, en efecto proviene del ritual y aún en su etapa de mayor desarrollo continuó sosteniendo algunos extractos (estetizados) del mismo, era una forma clara de arte muy diferente al ritual dionisíaco.

Tal vez, precisamente por eso, es que Travesía es una obra tan atrayente, en la medida que logra generar una relación equilibrada entre una puesta en escena y la forma ritual; además porque toca un tema que en una sociedad liviana, hedonista y con ese intransigente culto a la juventud como la nuestra, es difícil de asumir: la muerte.

No puedo negar que la elección del tema me parece brillante, pertinente; el impulso tanático como centro del discurso escénico es lúcido porque parece ser que, primero, ese es el impulso que permite al eros (y por extensión) a la vida, cobrar sentido, segundo, porque toda creación es, en cierto sentido, un impulso erótico que dota de sentido el caos de lo Real, en el sentido lacaniano del término… bien, suponiendo que hayamos decodificado lo que quiso decir… en todo caso, aquí lo menciono como ese núcleo duro de realidad que se resiste a ser simbolizado y que solo podemos atisbar a través de lo simbólico y lo imaginario.

La obra desarrolla una serie de imágenes que comienza con una mujer que viste a un muerto, para luego ayudarlo a llevar a cabo ese viaje que se aproxima, con la muerte en escena, la separación del alma del cuerpo y un emotivo brindis por los muertos de todos quienes se congregan a ver (y estar) en la obra, incluyendo al público, Travesía destaca el valor de lo onírico, de lo simbólico y aunque no desarrolla un argumento en el sentido literal del término, si construye una línea de acción dramática que permite seguir un motivo escénico y simbólico a la largo de la puesta en escena.

Tamara Lucía Ferreira desarrolla un trabajo extraordinariamente sensible y cuidado desde la dirección, en la medida que tiene profunda conciencia escénica de ritmos, textos, imágenes que van desarrollándose a lo largo del montaje, su sensibilidad es remarcable en tanto la obra es introspectiva y notoriamente emotiva, pero el espectáculo nunca carece de control o pierde sentido escénico. Además, vale recordar que el montaje incluye danza, música, actuación; por tanto, es meritorio en sí mismo el hecho de manejar con una correcta capacidad tan diversos y específicos lenguajes, en una obra de carácter coral, en la cual (por si fuera poco) también actúa.

Es posible, eso sí, pensar que la obra tiene una deuda con la dramaturgia. No en la dramaturgia escénica ni corporal, pero si en aquella que podemos denominar de la “palabra” (en el caso que podamos dividir todo esto… caso falso, pero que me sirve para exponer mi punto), ello, en tanto los diálogos y los soliloquios de los personajes pudieron desarrollarse con mayor profundidad, siendo la muerte un tema que no carece de habla, de lenguaje, de poesía en palabras.

La música de Santiago Jara es precisa: un elemento contundente del montaje, dando cuenta de una estética general del mismo, organizando el ritmo y, a veces incluso el sentido, de las acciones.

Las actuaciones, por su parte, son competentes, bien ejecutadas y dan cuenta de un cuidado trabajo, preciso, bien desarrollado y seguro. El elenco es enorme, por lo que solo podré referirme a algunos de ellos.

José Chahin es un actor que logra una potencia física en torno a su caracterización de alto nivel, corporalmente construye imágenes sobre imágenes, generando lo que podría denominarse (precisamente por ello) una actuación de carácter alegórico, bien dotada de expresión y que se engarza perfectamente bien con el resto del montaje, sosteniéndolo a momentos.

Priscilla Huaico es también una actriz cuyo trabajo supone una de las bases estructurales del montaje, pues con su sola presencia requiere instalar una energía en la escena y lo hace, un lugar discursivo-simbólico que acentúa la propuesta escénica general, para ello, la actriz trabaja con una serie de mecanismos sutiles, precisos y muy bien estructurados, su cuerpo, sus movimientos, las expresiones de su rostro y miradas son seductoras, irónicas, encantadores o altivas, según lo requiera el momento escénico.

Travesía es una obra, como he dicho, introspectiva, emocionante y que nos llama al silencio, a la reflexión y a los sentimientos, un trabajo cuidado e interesante en medio de un mundo lleno de ruido.

“Travesía” se presentará dentro del marco de Santiago a Mil 2017

Días 16, 17 y 18 de enero del 2017.

En Teatro Sidarte

Entradas a la venta en este link.

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