Señor Redactor 07/02/2018

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Ese 4 de septiembre de 1970 todos los equipos de prensa estábamos en el Comando de la UP en calle Amunátegui. No había podido votar por el compañero Salvador Allende porque aún no cumplía los veintiún años. Pero como joven profesional y estudiante de Periodismo, era parte del Comando de Prensa de la Unidad Popular y estuve allí, en los micrófonos , junto a Rafael Tarud, en el minuto exacto en que se anunció, tipo 23 horas, el triunfo de la Unidad Popular. Estábamos transmitiendo por Radio Magallanes y al darse la noticia del triunfo popular pude hablar en nombre de los Cristianos por el Socialismo para saludar ese minuto histórico y convocar al pueblo cristiano de Chile a sumarse a la construcción de la vía democrática al socialismo, que daría dignidad a los pobres de Chile.

Este episodio lleno de banderas y sueños, es la imagen que llevo grabada de ese momento histórico, con la juventud católica compartiendo codo a codo con los partidos marxistas, los católicos allendistas, éramos parte de un sueño, todos queríamos encarnar al Hombre Nuevo. Por eso, desde un escenario que nos ubica en el deterioro de esa opción y el derrumbamiento de la doctrina social de la Iglesia, en la complejidad de un mundo enloquecido por los materialismos, inicio estas reflexiones con una pregunta que busca escarbar en las causas profundas del fenómeno espiritual, político y social que enfrentamos como sociedad.

Desde lo religioso, remontarnos a la doctrina social de la Iglesia, a la opción por los pobres que se plasmó en las Encíclicas de Juan XXIII, el Papa Bueno, Mater y Magistra, que planteó la misión social de la Iglesia y Pacem in Terris que trató sobre la paz y la justicia, el amor y la libertad. El Concilio Vaticano II, se manifestaba con una nueva mirada, un compromiso y opción por los pobres, con ese sello distinto que implicaba atender desde un Cristo de carne y hueso, las injusticias estructurales que afectan al pueblo y eso obligaba a los católicos a sumarse a los movimientos populares, no abrazando catecismos marxistas, sino reivindicando el propio, dado por los evangelios.

Esta visión chocó indefectiblemente con la jerarquía conservadora de la Iglesia, toda vez que es diferente la opción por los obreros, por los marginados, que esa otra doctrina oficial funcional al poder, un instrumento utilizado por siglos para adormecer a las comunidades, pidiéndoles resignación y conformismo, ayudando con ello a mantener un sistema explotador e inhumano.

Desde lo político, debemos recorrer la realidad mundial en donde el mundo ordenado y bipolar, con sendos imperialismos compitiendo por dominar territorios, se desmoronó en los 90. Vino la dispersión del poder, la embestida neoliberal impulsando un nuevo orden por encima de los Estados. La alianza del mundo corporativo con China comunista y la migración de las organizaciones multinacionales al Asia. China, habilosa y milenaria se sube al carro del libre comercio iniciando su posicionamiento imperial que hoy jaquea a Estados Unidos. La corriente tercermundista pierde fuerzas, los períodos de dictadura habían arrasado con las élites contestatarias o revolucionarias. La voz de la Iglesia pierde fuerzas, cuando se destapa la corrupción de la pedofilia soterrada, tolerada y encubierta por la jerarquía del Vaticano. Estallan escándalos en Estados Unidos, en Chile, es una crisis moral profunda.Si la Iglesia que se había manifestado contra los materialismos de cualquier signo, léase socialismos reales, hubiese mantenido el mismo rigor frente al sistema depredador del planeta que hoy sufrimos, tendría muchos más creyentes que los que hoy convoca.

Sin embargo, la Iglesia ha sido parte de la globalización y ha abandonado a la Iglesia latinoamericana que en los 70 levantó la Teología de la Liberación. son historias que confluyen en lo que hoy tenemos, instituciones desprestigiadas, un Estado débil, la soberanía escamoteada por élites obsecuentes al modelo global, recibiendo sus migajas. Multitudes soportando la depredación de su territorio, de su cultura y su historia, en medio de la desprotección profunda. Una población empobrecida por las economías extractivas que llegan a depredar la periferia en un neo colonialismo, en alianza con grupos económicos locales, sin que la Iglesia tenga una postura crítica frente al proceso de globalización, pérdida de valores, consumismo exacerbado, desmantelamiento de las comunidades y de la familia, sometida a la dinámica del tener antes que el ser. Un modelo que se basa en la codicia, en el populismo y que ha llevado a concentrar riqueza por encima de los países, en organizaciones multinacionales que han jibarizado al Estado Nación para imponer su hegemonía corporativista.

Si el mundo admite que el comunismo chino se vista de pragmatismo y que sea parte de un sistema de violencia económica, de debilitamiento del Estado Nación, con dirigentes obsecuentes, que sirven a modelos supra nacionales antes que a sus propias comunidades nacionales ¿qué ha ofrecido la Iglesia como guía espiritual? ¿En cuanto ha resignado enfrentar los grandes problemas planetarios, con tal de mantener poder terrenal?

Y desde lo propiamente religioso, creo que es necesario rescatar del silencio premeditado la epopeya de los sacerdotes latinoamericanos que ofrecieron una posición cristiana comprometida con los más débiles, sumándose a sus luchas sindicales, campesinas y poblacionales, con curas obreros que dieron la vida en esa causa. Es necesario que la Memoria reivindique esa Iglesia del Pueblo, esa curia que se enraizó en la vida de los pobres para plantear desde allí un camino de dignificación.

Durante los años 60 viví en una realidad impactada por esos curas obreros que salían del alero de los templos amurallados y emigraban a los barrios y los cerros populares a convivir con los vecinos, a compartir sus problemas y carencias, a servir a causas de justicia, compitiendo con líderes de cuna marxista y de partidos que se alineaban en los sesenta con la estrategia de los frentes populares que lideraba Allende o eran encandilados por la revolución cubana, descartando a priori, desde su aspiración a ser vanguardias, la propuesta de un camino gradual al socialismo por fuerza del sufragio.

Ese cristiano de a pie, que se ganaba el pan trabajando, no vendiendo sacramentos o indulgencias ni bendiciendo armas, eran los curas respetables a los que se debe un homenaje. ellos fueron el hombre nuevo, que asumió la necesidad de enfrentar el sistema dominante, enfrentando a las oligarquías. Una tendencia tercermundista anti imperialista, que rechazaba la guerra fría, que protestaba frente a la invasión soviética a Checoslovaquia y repudiaba la invasión de Bahía Cochinos. Una juventud que se fogueó en la Reforma Universitaria del París de Mayo 1968, que leyó Encíclicas y a Marx, que actuó desde los evangelios, pero sintió que para hacer los cambios era el marxismo la doctrina revolucionaria práctica y la fueron adoptando. Fueron compañeros de curso, profesores, curas jesuitas, curas obreros, amigos, compañeros. Porque vivimos esa etapa veloz en que la escalada social llegó a la ruptura del Partido Demócrata Cristiano creando primero el Movimiento de Acción Popular Unitaria, MAPU, y posteriormente la Izquierda Cristiana. Todos miembros de una élite que se reconocía a sí misma por haber sido la dirigencia de luchas universitarias emblemáticas, reclamando al dubitativo gobierno de Eduardo Frei Montalva que profundizara la Reforma Agraria y la Nacionalización del Cobre.

Los hechos en su momento no comprobaban aún las relaciones que la DC mantenía con EEUU. Sí se interpretaba políticamente que el haber levantado esa alternativa de la Revolución en Libertad, con la marcha de la Patria Joven, tuvo el respaldo y financiamiento internacional. Que fue un proyecto político apoyado por Kennedy, como opción frente a la Revolución Cubana. Vale decir, la evolución política de los 60 estuvo siempre influida por los imperialismos ideológicos y la autonomía que alcanzaban los movimientos revolucionarios, con Fidel Castro, el Che Guevara, el cura Camilo Torres, los movimientos insurreccionales urbanos como los Tupamaros en Uruguay o los Montoneros y el ERP en Argentina, desprendiéndose del Peronismo. La revolución cubana había impactado en la juventud política. En Chile, Allende, a través del FRAP, había logrado aglutinar la Unidad Popular y ofrecía una tercera alternativa, la vía democrática al socialismo, que se desdibujó por deslealtades internas e indisciplina de los partidos de la UP y por el complot inminente que se había ordenado la noche de la elección.

Y vino la dictadura salvaje y genocida sobre el cono sur. Las Guerras Sucias de contra insurgencia se gatillaron esa misma noche en que los Cristianos por el socialismo y los partidos del FRAP escuchábamos en la Casa Central de la Universidad de Chile el discurso presidencial de Salvador Allende, que había obtenido ese 4 de Septiembre de 1970, la primera mayoría. En esos mismos instantes, la furia imperialista de Nixon se expresaba soezmente y ordenaba a Henry Kissinger evitar como sea que Allende llegara al gobierno. El resto del escenario ha sido desclasificado por la CIA y es el contexto de esa etapa.

Los jóvenes católicos salieron a sumarse a una propuesta que venía de la Doctrina Social de la Iglesia, del Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal de Medellín.

Esta ha sido la evolución de 50 años. En medio de una crisis profunda que parece inmanejable, donde lo que está en riesgo es la supervivencia del planeta, se siente la falta de un liderazgo moral que pueda enfrentar a la codicia desatada.

¿Cómo explicar el deterioro moral de la Iglesia? ¿Cómo entender que Juan Pablo II se haya ocupado de aplastar la Teología de la Liberación y la esa curia que la vivió heroicamente en las etapas de dictadura y guerra sucia, operaciones Cóndor incluidas?

¿Cómo explicar la contradicción de un papado que admitió la pederastia, tapó con traslados administrativos el abuso de niños por curas pedófilos, sancionando a quienes levantaban voces de denuncia?

Explicarse y entender porqué la Iglesia oficial ya no tiene la Asamblea del pueblo con ella, que lo fue perdiendo por su incoherencia. Esa Iglesia que ayer se la reconocía como un baluarte, era la Iglesia de la Vicaría de la Solidaridad ¿cómo fue posible que la Iglesia oficial, obsecuente con el Poder, terminara bendiciendo un modelo inhumano de sociedad y una transición cínica y defraudadora de las aspiraciones populares? ¿Cómo entender que la Iglesia ya no hable de justicia social, ni de soberanía popular?

Cristo está hoy en las catacumbas urbanas, en las comunidades de los pueblos oprimidos, de trabajadores sometidos y sin derechos sindicales, en la clase media sobre endeudada, en los trabajadores sin contrato seguro, en millones de inmigrantes que se usan como fuerza de esclavos y para precarizar los salarios.

¿Dónde está la prédica clara de la Iglesia, que denuncie esta opresión? Vino el Papa y no fue capaz de responder ninguna de estas preguntas. La dignidad de esos pobres a quienes hoy no se nombra como tales, no es tema para las jerarquías, que defienden su cuota de poder, sus escuelas particulares , sus universidades elitistas que quieren seguir financiando con el Estado.

He sido parte de una generación cristiana que levantó las banderas de una sociedad más justa, por el camino pacífico del voto popular. Ya no bastaba con rezar. Nos sumamos a la revolución, los más sólo con la fuerza de la palabra, los menos asumiendo la lucha armada. La mayoría de esa generación del 70 fuimos los que nos la jugamos en los 80 y logramos que hubiera plebiscito, con protestas, curas asesinados, mártires.

Pero de allí en más, vino la traición, los elegantes retornados con maletines bajo el poncho, los hombres revolucionarios de los sesenta, con nombres y apellidos aristocráticos, evolucionando del MAPU y las vanguardias termocéfalas a la asesoría estratégica de multinacionales, serviles al vellocino de oro, cual más, cual menos con su gran fortuna, dueños de clubes de fútbol, con puentes levadizos hasta las mazmorras del poder, inmutables.

La Iglesia del Pueblo está dispersa, latente, pero lejos de esa institucionalidad corrompida por el demonio que reina en el materialismo, el egoísmo, la depredación, la violencia, la mentira y la codicia. Los que hemos resistido esa descomposición y que no hemos vendido el alma al poder, nos mantenemos relativamente libres y sentimos el deber de plantear nuevamente la esperanza. Planteando, al igual que 50 años atrás que Cristo hoy estaría expulsando a los mercaderes del templo y abogando por la liberación del espíritu junto a los más débiles .

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